Sobre la paulatina elaboración del pensamiento a medida que se chatea (modificado del ensayo de Heinrich von Kleist)  


La propuesta de Heinrich von Kleist (1777 - 1811) es platicar para esclarecer nuestras ideas; realmente no importa mucho lo que nuestro atormentado y tolerante compañero(a) diga, ya que el proceso de refinación de conceptos se desata a partir de nuestra propia exposición, algo en nosotros reacciona al hacer públicas nuestras opiniones, al desnudarlas dándo a conocer la intimidad de nuestros pensamientos.

El cerebro entra en una dinámica anormal cuando se descubre siendo el foco de atención de los demás, al verse observado ante aquellos que conservan sus opiniones resguardadas de la crítica, en estas nuevas circunstancias, el pensamiento lucha por revestirse de lógica y así proteger a nuestro amenazado ego.

Con la escritura en los blogs ha de suceder lo mismo, sólo que el anonimato nos da cierta protección y entonces el super yo no sufre tanto, y muchas veces, en mi caso al menos, no opera tal mecanismo.

Parece que en nuestro tiempo, una alternativa a la anticuada práctica de la charla podría ser el chatear. Sería un buen ejercicio el acordar un tema de interés común, y en el lapso de un cuarto de hora descararnos en opiniones; más tarde tendríamos rico material para analizar nuestras argumentaciones, y con un poco de suerte y mucho esfuerzo se podría, tal vez, elaborar un pensamiento orgullosamente nuestro. La tecnología actual nos da el potencial de implementar de manera rutinaria la técnica para la elaboración del pensamiento, propuesta por Heinrich von Kleist hace doscientos años.

Sobre la paulatina elaboración del pensamiento a medida que se habla

Querido y discreto amigo: cuando quieras saber algo, y no seas capaz de averiguarlo meditando en solitario, te aconsejo que hables de ello con el primer conocido con el que te tropieces. No necesita éste disponer de una cabeza privilegiada, ni lo que te propongo es que lo interrogues acerca de tu problema: por el contrario, debes responderle tú mismo. Ya te veo enarcar las cejas asombrado y replicar que antaño se te aconsejó hablar sólo sobre aquello que comprendieses bien. Pero en el pasado hablabas seguramente con la petulancia de querer instruir a los otros; y yo deseo que hables con la juiciosa intención de instruirte a ti mismo. De suerte que ambas reglas de prudencia, distintas para diferentes casos, tal vez ahora resulten ser compatibles sin dificultad. Dicen los franceses que l'appétit vient en mangeant; un principio basado en la experiencia que sigue siendo verdadero cuando aparece reformulado paródicamente como l'idée vient en parlant. A menudo, inclinado en mi escritorio sobre unos documentos, intento encontrar el punto de vista desde el cual enjuiciar correctamente un pleito enredado. Entonces, ocupado como está mi fuero interno en su empeño por aclararse, suelo mirar hacia la luz, hacia el punto de mayor claridad. O busco, cuando se me propone un problema algebraico, la ecuación inicial que articula los datos del problema, y de la que se deducirá la solución mediante un sencillo cálculo. Pues mira: cuando hablo acerca de ello con mi hermana, que trabaja sentada detrás de mí, averiguo lo que quizá no hubiera podido aclarar tras horas enteras de cavilación. No es que ella me lo diga en el sentido propio de la palabra, ya que no conoce el Código legal, ni ha estudiado los tratados matemáticos de Euler o de Kõstner. Tampoco es que ella me guíe con preguntas sagaces hasta el meollo del asunto; aunque esto último también ocurre a menudo.

Tengo de antemano alguna oscura noción, vinculada lejanamente con lo que busco. Y si con osadía la tomo como punto de partida, el entendimiento, a medida que progresa el discurso, forzado a hallar un final para ese comienzo, troquela la confusa noción inicial hasta conferirle plena nitidez, de forma que el conocimiento para asombro mío ya está listo al acabar el periodo oratorio. Intercalo sonidos inarticulados, alargo las locuciones conjuntivas, utilizo también tal o cual aposición que en realidad no es necesaria y me valgo de otros artificios que dilatan el discurso con objeto de ganar el tiempo necesario para la forja de mi idea en el taller de la razón. En esos momentos, nada me ayuda más que un gesto de mi hermana, como si quisiera interrumpirme. Pues a mi entendimiento, ya de por sí en tensión, lo acicatea todavía más el intento de arrebatarle desde fuera el discurso en posesión del cual se halla; y semejante a un gran general cuando se ve en un atolladero, hace dar a sus facultades lo mejor de sí mismas.

En este sentido, entiendo el provecho que podía resultarle a Molière de su criada; pues el asignar a la moza como él pretende , un juicio crítico capaz de corregir el suyo propio, revelaría una modestia de cuya presencia en aquel pecho de poeta desconfío. Para el que habla, existe una peculiar fuente de entusiasmo en el rostro humano de un interlocutor; y una mirada que expresa la comprensión de un pensamiento formulado sólo a medias nos regala a menudo la formulación de la otra mitad. Tengo para mí que más de un gran orador, al abrir la boca, aún no sabía bien lo que iba a decir. Pero la convicción de que las circunstancias por sí mismas, y la excitación de su entendimiento resultante de ellas, producirían la necesaria copia de los pensamientos, le confería el atrevimiento necesario para arrancar de cualquier modo. Un discurso semejante es, en verdad, un pensamiento en voz alta. La sucesión de ideas y de sus designaciones progresa paralelamente, y los actos del entendimiento para las unas y las otras son congruentes. El lenguaje no constituye entonces traba alguna, no supone un calzo que inmoviliza la rueda del espíritu, sino que es como una segunda rueda fija en el eje de aquélla y rodando al unísono. Muy otra cosa sucede cuando la mente tiene el pensamiento listo ya antes de la alocución. Pues entonces ha de limitarse a su mera expresión, y esta tarea, más que estimularlo, no tiene otro efecto que el de distenderlo. Por tanto, cuando una idea es expresada profusamente, no se sigue de ello en absoluto que también haya sido pensada confusamente; antes bien podría darse el caso de que las expresadas más confusamente sean precisamente las pensadas con mayor claridad. A menudo, en una reunión en la que gracias a la conversación animada las ideas están fecundando continuamente los entendimientos, vemos cómo personas que por lo general se muestran retraídas, pues no se sienten dueñas del lenguaje, de sopetón se enardecen con un movimiento espasmódico y apoderándose del lenguaje dan a luz algo incomprensible. Sí; se diría que, una vez han captado la atención de todos, con un gesto tímido dan a entender que ellos mismos ya no saben a ciencia cierta lo que han querido manifestar. Probablemente esas personas han pensado con toda claridad algo muy acertado. Pero el súbito cambio de actividad, la transición del pensamiento a la expresión, reprimió la excitación del espíritu que resulta indispensable tanto para la conservación del pensamiento como para su generación. En tales casos es por completo imprescindible tener el lenguaje con facilidad a punto de poder emitir en sucesión tan rápida como sea posible lo pensado simultáneamente. Y en general cualquiera que hable más rápido que su oponente, supuesto que ambos se produzcan con igual claridad, tendrá una ventaja sobre él, pues en el mismo tiempo pone en combate más tropas que él.

La necesidad de una cierta excitación del entendimiento, incluso para engendrar de nuevo ideas ya tenidas con anterioridad, se hace patente cuando se somete a examen a cabezas esclarecidas y con instrucción, y sin ningún preámbulo se le plantean preguntas como la siguiente: ¿qué es el Estado? O bien, ¿qué es la propiedad?, u otras semejantes. Si estos jóvenes se hubiesen hallado en una reunión en donde ya se hubiera discutido sobre el Estado o sobre la propiedad durante cierto tiempo, acaso habrían dado fácilmente con la definición procediendo mediante comparación, aislamiento y combinación de conceptos. Pero aquí, donde falta por completo esa preparación del entendimiento, los vemos atascarse, y sólo un examinador incompetente concluirá de ello que no saben. Pues no es que nosotros sepamos, sino que más bien un cierto estado nuestro sabe. Sólo las mentes adocenadas, la gente que ayer aprendió de memoria lo que es el Estado y mañana ya lo habrá olvidado nuevamente, tendrán aquí la respuesta a mano. Acaso no haya ocasión peor para mostrar las buenas cualidades que un examen público precisamente. Aun sin tener en cuenta que es ya de por sí enojoso y hiere la sensibilidad e incita a mostrarse testarudo el que uno de esos eruditos negociantes nos examine los conocimientos (para comprarnos o rechazarnos según sean cinco o seis), es tan difícil tañer el entendimiento humano y lograr arrancarle su melodía personal, se desafina tan fácilmente en manos torpes, que incluso el más consumado conocedor de la persona, ducho hasta la maestría en el delicado arte de parir los pensamientos según Kant lo caracteriza , podría aquí cometer desaguisados a causa del desconocimiento de su recién nacido. Además, en la mayoría de los casos, lo que les hace lograr una buena calificación a tales jóvenes incluso a los más ignorantes es la circunstancia de que también los mismos examinadores, cuando el examen se realiza en público, tienen demasiado turbado su entendimiento como para poder juzgar con imparcialidad.

Pues no sólo son conscientes, a menudo, del impudor de todo este procedimiento exigir a alguien que vacíe su bolsa delante de nosotros nos avergonzaría, y más aún habría de suceder con su alma , sino que su propio intelecto ha de someterse a una peligrosa inspección en ese momento, y pueden dar gracias a Dios cuando ellos mismos logran salir del examen sin mostrar sus puntos flacos, de forma acaso más ignominiosa que la del jovenzuelo recién salido de la universidad a quien examinaban.

Heinrich von Kleist




Xotlatzin >< :>
miércoles 17 de junio de 2009; 23:01 hrs.

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Viento de verano  


Ehécatl sopla y yo todavía no me desprendo, veo todas mis partes sanas y me aferro sin trabajo a mi rama, el verano ha comenzado y los aguiluchos se aventuran a los primeros vértigos, el viento trae también sus pólenes y yo espero mi primera flor. Al viento de otoño es al que temo.

Xotlatzin >< :> lunes 18 de agosto de 2008.

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Volcán de ensueños  



En las tardes cristalinas una ligera pátina azul-oro pinta las nieves de verde, el vaivén del aire se gana el mote de viento y con sus juegos te entalla los blancos velos; tú te recuestas un siglo y te mueves poco, yo me siento y me duermo. Soñamos a ser porque en el valle viven los narradores de cuentos.

Xotlatzin >< :>
miércoles 3 de junio de 2009; 22:42 hrs.

Reuters Pictures 22 months ago

A view of Mexico's volcano Popocatepetl (R) and Iztaccihuatl mountain as pictured from an airplane January 11, 2001. Glaciers that crown Mexico's tallest mountains and inspired Aztec legends of lost love and a snake god could disappear within a few decades, with scientists pointing to global warming as a cause of their demise. Picture taken January 11, 2001.

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El séptimo whisky  

En el circuito caótico hay de alguna forma un ritmo, un ruido, alguna interferencia, anhelos de sentido, algo escondido. Pero el alcohol va diluyendo las sinapsis que brillan al ser atenuadas y el torrente multicolor de brillantinas se dibuja en un entrecerrar de párpados tristes y melancólicos.

Los objetos inertes quieren un poco de mi ánima y aprovechan la confusión etílica, yo los ignoro porque sé que en ellos está la condena a la perpetua existencia.

Inhalo un poco de esa ánima, la exhalo, y todo me sabe a seco.

Xotlatzin >< :>
viernes 29 de mayo de 2009; ~23:00 hrs.

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Serpiente Hopi  

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A pelo  

Esta vez fue sin café, sin tema, sin nada; es más, ahora ni me molesté en despertar a esa perezosa de la musa que tan frígida se me ha vuelto, ¡dice que ya no la provoco, que no me quiere y que la deje en paz!

Al principio me preocupé, pero como de todas formas, nunca gané mucho con ella, pues me animé a aventurarme solo; total, si no escribo algo, eso resultaría lo más cómodo, pues no habrá nada que borrar. En cambio, si salen las palabras pero el producto estuviera del nabo, pues lo borro de un tajo y no le digo a nadie, ¡o que lo ignore aquel al que le asqueen los nabos!

Dicen los chamanes que lo sublime es pararse el diálogo interno uno mismo, pero sospecho que eso de ponerse candados por dentro (o por fuera), como dice mi padre, es absurdo. La percepción del mundo no se conforma dejando de interpretarlo todo, al contrario, la realidad se hace de purititas deducciones, si no, uno se quedaría lelo, como trepanado, y ¿qué realidad va a entrarnos en el entendimiento si nos lo hemos bloqueado, o de dónde le saldría lo maravillosa a la contemplación si se le deja huérfana de análisis y de comparación?

Poniendo así las cosas, tanto la inspiración como los miles de Ommmmms son totalmente prescindibles, para cumplir con el destino de ser hombres sólo se necesitan un poco de deducciones con bastantes puntos de control para irnos monitoreando cuando se nos descarrile la lógica. Algo de paciencia tendrá que tomarse en cuenta, y al contrario de lo recomendado por los pelones, mucha pero mucha charla, sobre todo con los clásicos, de preferencia con los helénicos y con los toltecas, que son los que más sencillo platican; hay algo en los genios, en los artistas, que parecería que ilustran sus obras de una manera tan sencilla y llana, que fascinan por su simplicidad.

Las personas mueren pero las ideas no, eso le da a los pensamientos su atributo de poder rebotar infinitamente en igual número de personas. Por ejemplo, intente el lector leer a Aristófanes (o al comediante de su preferencia), olvídese por unos instantes, querido amigo, de su irresistible y petulante musa, métase unas cargas de cafeína al torrente sanguíneo (recomiendo café o yerba mate) y tenga listo el lápiz afilado para anotar las opiniones y las preguntas que vayan saltando conforme transcurra la lectura, ¡se entiende que eso de las anotaciones sólo es posible hacerlo gracias al, por otros repudiado, diálogo interno! Ya armados de preguntas y de críticas, sigua usted leyendo. ¡Ah, el ejercicio se ha convertido en una franca conversación entre las ideas incorpóreas de Aristófanes y el pensamiento del lector!

Tenemos a la mano una infinita cantidad y variedad de ricos concentrados, destilados de la más pura esencia de la especie humana, que es el pensamiento inmortalizado en la palabra escrita, en la pintura perfecta o en la escultura monumental.

Que se queden dormidas pues las exquisitas y remilgosas musas, junto con los pasmados lamas y puritanos. Yo prefiero platicar con los ecos del pensamiento, con los concentrados del tiempo, que alguna sinapsis pre-nata, espero, me habrán pasado.


Xotlatzin >< :>

lunes primero de junio de 2009; 22:23 hrs.

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No me fatiga la tempestad sino la náusea (Séneca).